Azul

En la cúpula del templo, el azul cae silencioso como la augusta cabellera de la deseada Afrodita, se instala en el pórtico subyugando a las gárgolas que vigilan la noche desde los capiteles; recorre los escalones, cruza la calle y se desvanece en la plaza.

Ella amortigua la esporádica presencia de aquellos solitarios embriagados de azul y alcohol. Los destierra a la sombra de los frondosos y centenarios habitantes, inmutables mientras sorben sus desdichas e ilusiones hasta hacerlos fenecer de inanición y los púberes e infantes se desvanecen en la precariedad otoñal de sus hojas como pequeños fantoches de un futuro premeditado.

En el patíbulo de las mustias horas atardecidas, no siempre el silencio es tan majestuoso como, al detenerse el viento acalorado, se prepara la tormenta que también es azul.

No existen las furias negras.

Los vendavales son azules, la mortecina luz del ocaso se transforma en azul, se desespera y se inmola en el intenso azul renegrido de la noche.

No tan azul como el brillante cielo en el descampado, ni la escarcha en los campos apacentados, ni la lavanda que inunda y perfuma el Mediterráneo.

Las Pléyades fulguran su azul esplendoroso en los veranos sin tiempo, mientras camino silenciosa fotografiando su excelencia en mi mente, exaltando el paroxismo de los recuerdos. Siempre azules todos, cada uno de mis recuerdos, cada uno de mis sentimientos.

No tan azules como los ojos con los que sueño.

Ni tan azul como el sosiego de los ancianos, cada uno delimitando su territorio en la nebulosa de sus recuerdos, de su tiempo, de su calle.

Ni tan azul como la soledad de los muertos.

Cada uno lleva el azul en su norte.

Yo lo tengo en la noche cuando te camino, ciudad de los infinitos misterios, con los ojos cerrados y el corazón abierto…

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