La lluvia arrecia…

En medio de la lluvia que arrecia, el hombre regresa a su casa.
Resuena en su mente el trueno que quedó detrás de la puerta, el corazón le palpita a una velocidad extraordinaria.
Si hubiese habido sol no se hubiera atrevido, pero el día se había presentado gris. Agazapada la tormenta se preparaba para dar la estocada final…
“Igual que yo -pensó-, el día estaba igual que yo…”
“Tan gris, tan hereje con sus hijos, igual que yo; igual que ella que se oscurece día tras día, noche a noche, en brazos de unos, en brazos de otros, en el abrazo de cualquiera que no tiene nombre, como yo, que no tuve nombre hasta que la encontré.”
Tomó una ducha, necesitaba quitarse ese olor a tristeza, a angustia que se le había pegado a la vuelta de la esquina, no recordaba bien en qué esquina, tal vez la lluvia, tal vez el olor… pero qué importa el nombre, todas las esquinas son iguales.
“Como yo -pensó-, igual a las esquinas sin nombres.”
“Cuando la encontré no tenía nombre, con el primer abrazo me bautizó. Después el nombre se fue agrietando, del brazo de uno, del brazo de otro, le fue robando letras y en la última lluvia se perdió la inicial, allí en una de las tantas esquinas que se retuercen en las entrañas de la ciudad oscurecida por la tormenta.”
Permaneció largo rato bajo el agua, pero el olor era persistente. Se restregaba los brazos, la cara, el torso, más que con ahínco, con violencia. Terminó arañando su cuerpo para cerciorarse que no era imaginario, pero el olor permanecía inmutable. En otras ocasiones le había sucedido lo mismo, entonces un buen baño le olvidaba los recuerdos y los aromas. Ahora era distinto, presentía que pronto la encontraría y todo tendría nombre otra vez.
Una embestida del viento apresuró las gotas transformándolas en aguacero.
“¡Ojalá llueva toda la noche y no se renueve el día! -pensó.Si hay sol no me atreveré, y está tan cerca el momento, lo presiento en el cielo, lo presiento en mi miedo.”

Se metió en la cama, se cubrió hasta la cabeza, temeroso de la noche desierta, ansiando la noche eterna, escuchando el repiqueteo de la lluvia en el techo como si fuera aliento divino.
Pero el día nunca llegó, la noche se dividió en un poco de oscuridad y más oscuridad. Había acertado, su nariz le fue anunciando el momento; lo sentía en el olor a tristeza, en el olor metálico de la sangre que comenzó después del último relámpago.
Afuera, la lluvia seguía lavando las angustias ajenas, acrecentando el musgo de las veredas y cubriendo los huecos profundos que deja la gente sin tiempo al paso del minutero. Esperó pacientemente que llegara la otra noche, la segunda, la verdadera. Le llegó de pronto, en el silencio, penetró por sus ojos, sonó en sus oídos, se le incrustó en el estómago. Todo era metálico en su lengua, la saliva se le escapaba por las comisuras de su boca, los párpados se hicieron línea para distinguir la presa, las narinas se agigantaron para oler su nombre.
Salió a la calle, a la noche de la noche, con la oscuridad de su noche como compañera, oteando las esquinas, doblando en cada recuerdo, buscando su nombre en cada “ella”que se cruzaba en la calle hasta que al fin la descubrió:
Venía meneando sus frondosas caderas, del brazo de uno, esparciendo su aroma a hembra sudada, desperdigando su nombre en el abrazo de cualquiera.
La tomó por la cintura, le enredó la mano en su cabello, despejó su cuello y lo observó con los ojos bien abiertos, para recordar cada poro, cada hueco, la atrajo hacia su cuerpo para sentir como poco a poco los latidos se iban perdiendo, mientras ella con los ojos desorbitados lo contemplaba desesperada tratando de devolverle el nombre que nunca tuvo y ahora le estaba exigiendo.
La sangre corría silenciosa, agotada; nació detrás de la oreja, descansó un momento en su hombro, luego desvió la montaña de su seno, atravesó su valle y se perdió en el monte de los deseos.
El hombre lamió el río rojo, guardó el metal en su recuerdo y esperó que ella abriera por última vez su boca para robarle el nombre que nunca tuvo y los ajenos.
Entonces… comenzó la desiderata, la sentencia de la ausencia.
Sorbió de sus propios labios el aguacero del silencio, se perdió en el abismo de su propio destierro, hilvanó imágenes, recortó pensamientos, horadó frases, mistificó momentos… Pero en nada descubrió su nombre.
Así supo que antes de nacer ya estaba muerto.

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  • Pato

    Mis felicitaciones Nelvis…sos una genia escribiendo!!!

    • Nelvis Ghelfi

      ¡Gracias Patri!!! Placer inmenso que te haya gustado.

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