Las Pasiones de Millán
Foto: Garoch
Las Pasiones de Millán

Las pasiones de Millán

Millán es un sujeto metódico, casi transparente, excepto… cuando está poseído por las pasiones.


Las pasiones de Millán

Las pasiones tornan a las personas en posesos, desenfrenos cometidos con un placer inigualable, sin tener conciencia si perjudican a otras personas o a sí mismos.

Alfonso Millán era uno de esos casos. Hombre fuerte, robusto, con un bigotaso negro estilo húngaro (como lo usaba Nietzsche), acostumbrado al trabajo bruto, nadie hubiese pensado que un tipo así tenía pasión por la caza de mariposas.

Todos los sábados, apenas concluía su jornada laboral en el puerto, pues era estibador, recorría presuroso el trayecto que lo llevaba a su casa, cambiaba su ropa de trabajo por unos calzones flojos y un caftán, tomaba algún que otro alimento al pasar y su preciada red para atrapar mariposas, objeto que sus buenos pesos le había costado en una tienda donde se adquirían productos de caza deportiva.

Millán consideraba que su pasión era la caza de mariposas. El tendero no pensaba lo mismo, pero eso es historia para otra historia.

Ese sábado de fines de septiembre fue un sábado distinto, extraordinario para algunos, catastrófico para otros, depende del punto de vista de cada uno.

Alfonso Millán recorrió presuroso el trayecto del puerto a su casa, recogió los pertrechos y salió. La primavera exultaba de colores, aromas y humedad, ambiente potencial para la caza de mariposas.

Decidió salir de la ciudad, así que dio vuelta a la manzana y se introdujo en un pequeño y semi destruido galpón, allí guardaba como un tesoro otra de sus pasiones: la motocicleta. Claro que no era nada de otro mundo, su sueldo no le permitía darse grandes lujos, pero sí (y con mucho esfuerzo) adquirir una “Siambretta”, tampoco una de los últimos modelos o de colección, una del año 58, tan descascarada como el año, pero mal que mal, funcionaba. Tomó de un estante el casco y este no era otra de sus pasiones, era la herencia de su padre, una reliquia de casco de cuero con antiparras incluidas.

Imagínense un tipo robusto de casi metro noventa de estatura, de enormes bigotes, montado en una Siambretta, vestido con calzones, caftán y alpargatas (porque si algo tenía de patriótico eran las alpargatas) encasquetado con semejante reliquia recorriendo la ruta 11 con un bolso en bandolera del que sobresalía una jama a la que había atado una cinta roja en su extremo para que los conductores que lo seguían tuviesen cuidado de no dañarla, ya que el viento hacía que se hinche.

Pues éste era Alfonso Millán, camino a uno de los tantos pueblos costeros en busca de sus preciadas mariposas.

Después de un tiempo considerable, bastante considerable de andar a 20km por hora, su cuerpo se decidió por un pueblo pequeño pero con una plaza hermosa llena de flores y lo más importante, desierta.

Aparcó y se preparó para la caza. Caminó lenta y sigilosamente buscando algún charco o fuente donde pudieran estar las mariposas saciando su sed. Detrás de un cerco de ligustros podado a la altura de las rodillas había un intento de pequeño estanque artificial. Un cacharro vertía agua sobre un cauce de piedras y a los lados del mismo una serie de plantas exóticas de diminuto tamaño, ¡hermoso!

Y allí estaba, sobre el cacharro, una mariposa, pero no una cualquiera… era una morpho azul de considerable tamaño, bella, bebiendo el agua cristalina que manaba del cacharro, ajena a su destino.

Millán respiró hondo para serenarse, el corazón se le salía del pecho por la emoción, suavemente tomó la jama la alzó a la altura del hombro y en el preciso instante en que la bajaba las campanas del templo de enfrente comenzaron a repicar, la mariposa levantó vuelo, la red pegó contra el cacharro y con la fuerza del envión el hombre cayó en toda su extensión rompiendo el cacharro pues no buscó un punto de apoyo, su vista estaba fija en la mariposa para no perderla. Se levantó rápidamente para perseguirla pisoteando el estanque y echó a correr.

Las azules alas de la mariposa se dirigían hacia el templo que tenía las puertas abiertas y se introdujo en él. Millán que la perseguía con la vista fija en sus alas, no se percató que del templo salía una procesión de feligreses que acompañaban a Nuestra Señora de la Merced, patrona del lugar, con su dorado manto, coronada y con el Niño en brazos; tampoco se percató que el sacerdote y los acólitos ya estaban fuera del templo y se dirigían a la plaza, solo veía a su mariposa que volaba hacia ellos y que en un intento inteligente de protección se posó sobre la corona de la virgen.

El acólito que venía delante del sacerdote meciendo el incensario para que el aroma suba a los cielos, vio la bella mariposa sobrevolando su cabeza, cerró los ojos agradeciendo el simbolismo a Dios y cuando los abrió se encontró con un monstruo con un arma de red alzada que en una zancada lo atropelló dejándolo de espaldas en el suelo y el incensario volando como la mariposa. Pero el objeto hizo poco recorrido en los aires, pues se topó con la mano alzada del sacerdote que venía prodigando bendiciones a diestra y siniestra y que cambió la dirección del mismo para quedar enganchado en la cruz que traían dos niños y que, por efecto del choque perdieron el equilibrio y ésta cayó pesadamente sobre la estatua de la adorada virgen golpeando en su caída a unos cuantos acólitos que precedían a los niños.

Los que venían detrás de la estatua no tenían ni idea de lo que estaba sucediendo, pues sus loas a la virgen eran en voz tan alta que no escucharon nada de lo sucedido, tampoco lo vieron pues aún estaban en el templo. Solo se enteraron de que algo no andaba bien cuando vieron que la virgen, con una mariposa posada en su corona, comenzaba a tambalearse y caía con gran estrépito en el suelo, pues quienes la transportaban no vieron a los acólitos golpeados por el incensario que trataban de ponerse en pie y que, obviamente, fueron atropellados por la virgen y devueltos al suelo junto con los que llevaban la imagen.

Como si este estrago no hubiese sido suficiente, a la señora del presidente comunal, que había resignado su vestido de novia de seda italiana y que a pesar de haber pasado treinta años, aún se mantenía inmaculadamente blanco, para vestir a la virgen, se le había concedido el honor de caminar al lado de la misma con una vela y tocando la túnica, en un intento de mantenerse en equilibrio estiró los brazos acercando la vela a las vestiduras y éstas comenzaron a arder.

Y como si este estrago no hubiese sido suficiente aquellos que levantaban la vista, veían que un ser que parecía tener la cabeza de un inmenso moscardón con mostachos negros venía pisoteando gente, atropellando a lo que se cruzara en su camino, sin ver nada, nada que no fuera esa mariposa que ahora estaba volando hacia el interior del templo para refugiarse en la oscuridad.

A Millán le costó unos minutos adaptarse a la oscuridad del templo, sin embargo su olfato de cazador empedernido le decía que la presa estaba aún en el lugar. Revisó sigilosamente cada recoveco hasta que al fin detectó por el rabillo del ojo un tenue aleteo que se dirigía hacia el ala izquierda del templo donde una veintena de velas estaban encendidas a los pies del venerado San Expedito. Y a los pies de éste estaba la morpho azul, que a estas alturas a Millán le parecía que le sonreía burlona. Lejos de molestarle la presunta actitud de la mariposa, lo incentivó, pues consideraba que estaba tratando con un rival sin par y que bien valía la cacería.

Aún sosteniendo la jama a la altura del hombro la hizo girar a la derecha y la mariposa intentó alejarse hacia la izquierda pero Millán era experto en el manejo de la red y con un giro corto y rápido creó un semicírculo y ¡al fin… al fin atrapada! La morpho azul solita se insertó en la red incapaz de retroceder.

En su alegría Alfonso Millán no se percató que las velas encendidas, derramaban sus lágrimas de parafina en el suelo, creando una capa patinosa y espesa. Y allí apoyó una de sus alpargatas cuando bajaban del salto de triunfo que había realizado, con tanta mala suerte que se fracturó el tobillo. El terrible dolor que sentía hacía cerrar con más fuerza el puño sobre la red imposibilitando a la mariposa escapar.

Así lo hallaron los dos agentes que venían persiguiéndolo desde que lo vieron meterse en la iglesia atropellando feligreses, pues desde la comisaría se veía perfectamente el templo, riendo a carcajadas de a ratos y llorando de dolor al segundo siguiente. El agente novato alzó su cachiporra y le dijo: “suelte el arma o disparo”, pero el más veterano lo cortó en seco: “no seas idiota Funes, no ves que no tenés arma de fuego en la mano y este cretino solo tiene una red para cazar mariposas”.

A rastras lo sacaron hasta el atrio y de allí en una camilla fue transportado al dispensario del pueblo donde se le efectuaron los primeros y también segundos auxilios ya que al calabozo llegó dos horas después enyesado y totalmente dopado, cosa que no consiguió que aflojara su mano sobre el extremo de la red, por lo que terminaron por cortarla. Ese fue el fin de la preciada jama de Millán y también de su Siambretta que quedó incautada como parte de pago por los destrozos del estanque. Al casco se lo dejaron, no por contemplación sino porque no valía para nada. Con respecto a la virgen, con trabajo en la comunidad pagaría la nueva estatua y fue perdonado de las vestiduras de la misma, ya que el presidente comunal dijo que había tela suficiente de su rolliza esposa para hacer diez vestiduras más (claro que esto lo dijo fuera del alcance de los oídos de su cónyuge).

Después de tres meses, totalmente recuperado de la fractura y con constancia médica psiquiátrica de que no era un tipo de cuidar, lo dejaron en libertad. Pero sin trabajo, porque era obvio que a esas alturas ya no tenía trabajo en el puerto. Con la única posesión de su casco y las alpargatas aún cargadas de parafina, poco podía hacer en la ciudad, de modo que permaneció en el pueblo. Y de changa en changa terminó por simpatizar con los pueblerinos y con el presidente comunal quien le ofreció el puesto de cuidador de la plaza.

Ahora pasea todo el día por la plaza, sacando malezas, regando flores, barriendo la vereda que la circunda y es feliz, lejos de sus pasiones, claro que tuvo buen cuidado de poner en las fronteras del pueblo y donde lugar posible se lo permitiera, carteles que rezaban así: “Si descubre una morpho azul, grande o pequeña, por favor espántela, no permita que llegue a la plaza”.

0

Deja un comentario